Exilio en el infierno

•5 septiembre, 2012 • Dejar un comentario

– Los rusos -puntualizó Dowling- enviaban prisioneros a Siberia mucho antes que el viaje espacial fuera algo cotidiano. Los franceses usaban la Isla del Diablo con ese propósito. Los ingleses los despachaban a Australia.

Estudió el tablero y detuvo la mano a unos centímetros del alfil.

Parkinson, al otro lado del tablero, observaba distraídamente las piezas. El ajedrez era el juego profesional de los programadores de ordenadores, pero, dadas las circunstancias, no sentía entusiasmo. Estaba molesto. Y Dowling tendría que haberse sentido peor, pues él programaba el alegato del fiscal.

El programador solía contagiarse de algunas características que se atribuían al ordenador, como la carencia de emociones y la impermeabilidad a todo lo que no fuera lógico. Dowling lo reflejaba en su meticuloso corte de cabello y en la pulcra elegancia de su atuendo.

Parkinson, que prefería preparar la defensa de los casos legales en que participaba, también prefería descuidar deliberadamente aspectos de su apariencia.

– Quieres decir que el exilio es un castigo tradicional y que, por lo tanto, no es particularmente cruel -comentó.

– No, sin duda es cruel, pero también tradicionalmente, en la actualidad, se ha convertido en la disuasión perfecta.

Dowling movió el alfil sin levantar la vista. Parkinson sí la levantó, aunque involuntariamente.

No vio nada, desde luego. Estaban en el interior, en el cómodo mundo moderno adaptado a las necesidades humanas y protegido contra la intemperie. Fuera, la noche resplandecería con la luz delastro.

¿Cuándo lo había visto por última vez? Hacía mucho tiempo. Se preguntó en qué fase se encontraría. ¿Llena? ¿Menguante? ¿Creciente? ¿Era una brillante uña de luz en el cielo?

Debía ser una vista adorable. Lo fue en otros tiempos. Pero hacía siglos de eso, antes de que el viaje espacial fuera común y barato y antes de que el entorno se volviera tan refinado y estuviese tan controlado. Ahora, esa bonita vista en el cielo era una nueva y horrenda Isla del Diablo pendiendo en el espacio.

Nadie se atrevía a llamarla por su nombre. Ni siquiera era un nombre, sólo una silenciosa mirada hacia el cielo.

– Podías haberme dejado programar el alegato contra el exilio en general -dijo Parkinson.

– ¿Por qué? No habría alterado el resultado.

– Éste no, Dowling. Pero podría influir en casos futuros. Los castigos futuros se hubieran conmutado por sentencia de muerte.

– ¿Para un culpable de destruir el equipo? Estás soñando.

– Fue un acto de furia ciega. Hubo intento de dañar a un ser humano, de acuerdo, pero no se intentó dañar el equipo.

– Nada, eso no significa nada. La falta de intención no es excusa en estos casos, y lo sabes.

– Debería ser una excusa. Eso era precisamente lo que yo deseaba alegar.

Parkinson adelantó un peón para proteger el caballo.

Dowling reflexionó.

– Tratas de continuar atacando a la reina, Parkinson, y no te lo permitiré… Veamos…- Y mientras meditaba, dijo-: No estamos en los tiempos primitivos, Parkinson. Vivimos en un mundo superpoblado, sin margen para el error. Bastaría con que se fundiera un consistor para poner en peligro a una considerable franja de la población. Cuando la ira pone en peligro toda una línea energética, es algo serio.

– No cuestiono eso…

– Parecías cuestionarlo cuando elaborabas el programa de la defensa.

– No. Mira, cuando el haz de láser de Jenkins atravesó la distorsión de campo, yo mismo estuve expuesto a la muerte. Una demora mayor a un cuarto de hora habría significado el fin para mí también, y lo sé perfectamente. Sólo sostengo que el exilio no es el castigo apropiado.

Tamborileó sobre el tablero para mayor énfasis, y Dowling sujetó la reina antes que se cayera.

– Estoy sujetándola, no moviéndola -murmuró. Recorrió con la vista una pieza tras otra. Seguía dudando-. Te equivocas, Parkinson. Es el castigo apropiado porque no hay nada peor y se corresponde con el peor delito. Mira, todos dependemos por completo de una tecnología compleja y frágil. Una avería podría matarnos a todos y no importa si la avería es deliberada, accidental u obra de la incompetencia. Los seres humanos exigen la pena máxima para cualquier acto así, pues es el único modo de obtener seguridad. La simple muerte no es lo suficientemente disuasoria.

– Sí que lo es. Nadie quiere morir.

– Y nadie quiere vivir allá en el exilio. Por eso hemos tenido un solo caso en los últimos diez años y únicamente un exiliado. ¡Vaya, a ver cómo te las arreglas ahora!

Movió la torre de la reina una casilla a la derecha.

Se encendió una luz. Parkinson se puso de pie.

– La programación ha terminado. El ordenador ya tendrá el veredicto.

Dowling levantó la vista con una expresión flemática.

– No tienes dudas sobre el veredicto, ¿eh? Deja el tablero como está. Seguiremos después.

Parkinson estaba seguro que no tendría ánimos para continuar la partida. Echó a andar por el corredor hacia el juzgado, con su paso ágil de costumbre.

En cuanto entraron Dowling y él, el juez se sentó y luego entró Jenkins, flanqueado por dos guardias.

Jenkins estaba demacrado, pero impasible. Desde que sufrió aquel ataque de furia y, por accidente, dejó todo un sector sumido en la oscuridad mientras atacaba a un compañero, debía conocer la inevitable consecuencia de su imperdonable delito. No hacerse ilusiones sirve de ayuda. Parkinson no estaba impasible. No se atrevía a mirar a Jenkins a la cara. No podría haberlo hecho sin preguntarse, dolorosamente, qué pensaría Jenkins en ese momento. ¿Acaso absorbía con cada uno de sus sentidos todas las perfecciones de aquel confort antes de ser arrojado para siempre al luminoso infierno que surcaba el cielo nocturno? ¿Saboreaba aquel aire limpio y agradable, las luces tenues, la temperatura estable, el agua pura, el entorno seguro diseñado para acunar a la humanidad en un dócil confort?

Mientras que allá arriba…El juez pulsó un botón y la decisión de la computadora se convirtió en el sonido cálido y sobrio de una voz humana normalizada.

– La evaluación de toda la información pertinente, a la luz de la ley de la nación y de todos los precedentes relevantes, lleva a la conclusión que Anthony Jenkins es culpable del delito de destruir el equipo y queda sometido a la pena máxima.

Sólo había seis personas en el tribunal, pero toda la población lo escuchó por televisión.

El juez empleó la fraseología de costumbre:

– El acusado será trasladado al puerto espacial más cercano y, en el primer medio de transporte disponible, será expulsado de este mundo y vivirá exiliado mientras dure su vida natural.

Jenkins pareció encogerse, pero no dijo una palabra.

Parkinson se estremeció. ¿Cuántos lamentarían la enormidad de semejante castigo, fuera cual fuese el delito? ¿Cuánto tiempo pasaría para que los hombres tuvieran la humanidad de eliminar para siempre el castigo del exilio?

¿Alguien podría imaginar a Jenkins en el espacio sin sentir un escalofrío? ¿Podían pensar en un congénere arrojado para toda la vida en medio de la población extraña, hostil y perversa de un mundo insoportablemente caluroso de día y helado de noche, un mundo donde el cielo era de un azul penetrante y el suelo de un verde más penetrante e intenso aún, donde el aire polvoriento se arremolinaba tumultuoso y el viscoso mar se levantaba eternamente?

Y la gravedad; ese pesado, pesado, eterno ¡tirón!

¿Quién podía soportar el horror de condenar a alguien, cualquiera que fuese la razón, a abandonar el acogedor hogar de la Luna para ir a ese infierno que flotaba en el cielo: la Tierra?

Isaac AsimovEl hombre bicentenario y otros cuentos

Patrones de las técnicas de Hipnosis de Milton H. Erickson, M.D. Vol I – Prefacio

•19 agosto, 2012 • Dejar un comentario

Un ataque de poliomielitis en 1919, poco después de mi graduación del bachillerato, me dejó totalmente paralizado durante varios meses, pero con mi vista, mi oído y mi cabeza en perfectas condiciones. Dado que me hallaba en cuarentena en la casa de la granja, había poca diversión disponible. Afortunadamente, siempre me interesó la conducta humana, y estaban mis padres y ocho hermanos, y también la enfermera que cuidaba de mí, disponibles para mi observación. Mi incapacidad para moverme tendía a restringirme sus intercomunicaciones sobre mí. Aunque ya sabía algo del lenguaje del cuerpo y otras formas de comunicación no verbal, me sorprendí al descubrir las frecuentes y, para mí, a menudo asombrosas contradicciones que se daban entre la comunicación verbal y la no verbal en un solo intercambio. Esto despertó tanto mi interés que intensifiqué mis observaciones cada oportunidad que tenía.

El descubrimiento de que los “dobles sentidos” eran percepciones a dos niveles distintos de comprensión, a menudo en base a asociaciones experienciales totalmente diferentes, abrió un nuevo campo de observación. Entonces, cuando descubrí que podría darse un “triple sentido”, empecé a ensayar mentalmente la reformulación de una sola comunicación para causar percepciones distintas, incluso de carácter contradictorio, en diferentes niveles de comprensión. Estos esfuerzos me llevaron al reconocimiento de muchos otros factores que gobiernan la comunicación como las tonalidades, tiempos, secuencias de presentación, asociaciones cercanas y lejanas, contradicciones inherentes, omisiones, distorsiones, redundancias, demasiado y poco énfasis, franqueza y tortuosidad al hablar, ambigüedades, relevancia e irrelevancia -por nombrar unos cuantos. También se hizo aparente que existían múltiples niveles de percepción y de respuesta, de los cuales no todos se encontraban necesariamente en el nivel usual de consciencia, sino en niveles de comprensión no reconocidos por el yo, a menudo descritos popularmente como “instintivos” o “intuitivos”.

Quizás el mejor y ejemplo más simple sea el caso de la actuación de Frank Bacon durante su papel de estrella en la obra “Lightnin’”, en la cual, por la pronunciación de la sola palabra no en diversos momentos, comunicó al menos dieciséis significados distintos. Estos significados inluían un No empático, un sutil, una promesa tácita de No aún, un divertido No seas ridículo, e incluso la exquisita negativa ¡No, aunque todo el infierno se congele! El tono alterado de la voz puede constituir un auténtico vocabulario de transformación de la comunicación verbal, así como el lenguaje corporal.

Más adelante, fui introducido en la hipnosis experimental por Clark L. Hull, y tomé conciencia de las posibilidades tanto de reducir el número de focos de atención como de seleccionar y maniobrar en focos de atención específicos. Esto me llevó a combinar mi conocimiento de las complejidades de la comunicación con la hipnosis con propósitos experimentales y psicoterapéuticos.

Aunque este libro escrito por Richard Bandler y John Grinder, al que contribuyo con este prefacio, está lejos de ser una descripción completa de mis metodologías, como claramente dicen, es una explicación mucho mejor de cómo trabajo que la que yo mismo puedo dar. Yo sé lo que hago, pero explicarlo es demasiado difícil para mí. Un ejemplo simple de esto es la experiencia de mi hija, Kristina, cuando era estudiante de medicina. Ocurre que cogió un artículo escrito por Ernest Rossi y por mí, y tras leerlo, comentó fascinada “¡Así que así es como lo hago!” El Dr. Rossi, que estaba presente, preguntó inmediatamente “¿Así que así es como haces qué?” Ella explicó “Todo paciente tiene derecho a negarse a un examen rectal y de hernia, y muchos pacientes así lo hacen. Pero cuando yo he llegado a la parte del examen, les digo a mis pacientes, comprensivamente, que yo sé que están cansados de que les mire los ojos, los oídos y la nariz, y metiendo y sacando los útiles aquí y allá, pero que, tan pronto se complete el examen rectal y de hernia, ya pueden decirme adiós. Y siempre esperan pacientemente para decir adiós”.

Mientras que me gustaría que hubiera análisis todavía más profundos de las complejidades de la comunicación con propósitos de hipnosis, lo que requeriría mucho más que este libro que Bandler y Grinder puede tratar, también me gustaría un análisis de cómo y por qué la comunicación cuidadosamente estructurada puede obtener respuestas tan extensivas y efectivas de los pacientes. Incuestionablemente, dichos estudios ser realizarán finalmente. Espero con ganas el Volumen II de esta serie de Richard Bandler y John Grinder.

Ha sido un placer y un privilegio escribir prefacio de este libro. Digo esto, no porque se centre en torno mis técnicas de hipnosis, sino porque hace mucho tiempo que se necesita reconocer que la comunicación significativa debería remplazar la repetitividad, las sugestiones directas y las órdenes autoritarias.

Milton H. Erickson, M.D.

101 East Hayward Avenue

Phoenix, Arizona 85020

Patrones de las técnicas de Hipnosis de Milton H. Erickson, M. D. Vol I. John Grinder & Richard Bandler

Traducción de Ka.  para Fragmentos de Textos Selectos

Psicología Cuántica V – ¿Cuántas cabezas tienes?

•16 agosto, 2012 • 2 comentarios

Tomando prestada una broma (¿o una idea profunda?) de Nuestro conocimiento del mundo externo de Bertrand Russell, demostraré ahora que el lector tiene dos cabezas.

De acuerdo con el sentido común, y con el consenso de la mayoría de los filósofos (occidentales), existimos “dentro” de un “universo objetivo”, o – por decirlo de otro modo- El “universo objetivo” existe “fuera” de nosotros.

Muy pocas personas dudan alguna vez de esto. Aquellos que sí lo han dudado han llegado, inevitablemente, a conclusiones altamente excéntricas.

Bien. Evitando entonces la excentricidad y aceptando el punto de vista convencional, ¿cómo podemos saber cualquier cosa acerca de ese “universo externo”? ¿Cómo lo percibimos?

(Por conveniencia, en lo que sigue consideraré únicamente el sentido de la vista. El lector puede comprobar por sí mismo, o misma, que se aplica la misma lógica si se cambian los términos y se sustituye por el oído o cualquier otro sentido).

Vemos los objetos en el “universo externo” a través de nuestros ojos y luego elaboramos imágenes -modelos- de ellos en nuestro cerebro. El cerebro “interpreta” lo que los ojos transmiten como señales de energía. (Por ahora ignoraremos la información que demuestra que el cerebro apuesta a que puede interpretar estas señales).

De nuevo, muy pocos occidentales han dudado esto alguna vez, y los que lo han dudado han llegado a alternativas increíbles y extrañas.

Así pues, vivimos “dentro” de un “universo externo” y hacemos fotos o modelos de él “dentro” de nuestros cerebros, juntando, sintetizando e interpretando nuestras imágenes o modelos de partes del universo llamadas “objetos”. Y de esto se sigue que nunca conocemos el “universo externo” ni sus “objetos”. Conocemos el modelo del “universo externo” dentro de nuestros cerebros, que existe dentro de nuestras cabezas.

En ese caso, todo lo que vemos, que pensamos que existe externamente, en realidad existe internamente, dentro de nuestras cabezas.

Pero recordemos que no llegamos al solipsismo. Todavía asumimos el “universo externo” desde el que empezamos. Hemos descubierto simplemente que no podemos verlo o conocerlo. Vemos un modelo dentro de nuestras cabezas, y en el día a día olvidamos esto último, actuando como si el modelo existiera fuera de nuestras cabezas – es decir, como si (1) el modelo y el universo ocupasen el mismo espacio (como si nuestro mapa que trata de mostrarnos “todo” Dublín ocupara el mismo espacio que Dublín) y (2) como si este espacio existiera “fuera”.

Pero el modelo y el universo no ocupan el mismo espacio, y el espacio donde existe el modelo se encuentra solamente “dentro” de nuestros cerebros, que existe en nuestras cabezas.

Ahora es cuando nos damos cuenta de que, mientras el universo existe fuera, el modelo existe dentro, y por tanto ocupa muchísimo menos espacio que el universo.

El “universo real” existe entonces “fuera”, pero sigue sin ser experimentado, y tal vez desconocido. Aquello que experimentamos y conocemos (o que creemos que conocemos) existe en redes locales o en uniones electroquímicas en nuestros cerebros.

De nuevo, si el lector se atreve a desafiar algo de todo esto, seguramente intentaría imaginar una explicación alternativa de la percepción. Parecerá, o hasta la fecha siempre lo ha parecido, que todas estas alternativas no solamente suenan más extrañas, sino que son totalmente inconcebibles para “la gente con sentido común”.

Bien, para proceder ahora tenemos un “universo externo”, muy grande (comparativamente hablando) y un modelo del mismo, mucho más pequeño (comparativamente hablando), el anterior “fuera” de nosotros y el posterior “dentro” de nosotros. Por supuesto, existe algún tipo de correspondencia o isomorfismo entre los universos “externo” e “interno”. De otra forma yo no podría levantarme de la silla, ir hacia la puerta, bajar al hall y encontrar la cocina para tomarme otra taza de café de algo que yo identifico como Cafetera.

Pero ¿dónde existe nuestra cabeza?

Pues bien, nuestra cabeza obviamente existe “dentro” del “universo externo” y “fuera” de nuestro cerebro, el cual contiene el modelo del “universo externo”.

Pero dado que nunca vemos ni experimentamos directamente el “universo externo”, y que sólo vemos nuestro modelo de él, solamente percibimos nuestra cabeza como parte del modelo, el cual existe dentro de nosotros. Ciertamente, nuestra cabeza percibida no puede existir aparte de nuestro cuerpo percibido mientras sigamos vivos, y nuestro cuerpo percibido (cabeza incluida) existe dentro de nuestro universo percibido. ¿Verdad?

Así pues, la cabeza que percibimos existe dentro de alguna otra cabeza que nosotros no percibimos ni podemos percibir. La segunda cabeza contiene nuestro modelo del universo, nuestro modelo de esta galaxia, nuestro modelo de este sistema solar, nuestro modelo de la Tierra, nuestro modelo de este continente, nuestro modelo de esta ciudad, nuestro modelo de nuestro hogar, nuestro modelo de nosotros mismos y sobre el modelo de nosotros mismos, el modelo de nuestra cabeza. El modelo de nuestra cabeza entonces ocupa mucho menos espacio que nuestra cabeza “real”.

Piensa sobre ello. Retírate a tu estudio, desconecta el teléfono, cierra la puerta y examina cuidadosamente cada paso seguido en este argumento de manera sucesiva, dándote cuenta de los absurdos que aparecen si cuestionas cualquier paso e intentas imaginas una alternativa.

Permitámonos, por el amor de Dios y por todos nuestro amores, al menos intentar aclarar cómo podemos tener dos cabezas. Nuestra cabeza percibida existe como parte (una parte muy pequeña) de nuestro modelo del universo, el cual existe dentro de nuestro cerebro. Esto ya lo hemos probado ¿no? Nuestro cerebro, sin embargo, existe dentro de nuestra segunda cabeza -nuestra cabeza “real”, la cual contiene nuestro modelo completo del universo, incluida nuestra cabeza percibida. En resumen, nuestra cabeza percibida existe dentro de nuestro universo percibido, que existe dentro de nuestra cabeza real, que existe dentro del universo real.

Por tanto, podemos dar nombre a nuestras dos cabezas -tenemos una cabeza “real” fuera del universo percibido y una cabeza “percibida” dentro del universo percibido, y nuestra cabeza “real” ahora aparece, no sólo mucho más grande que nuestra cabeza percibida, sino más grande que nuestro universo percibido.

Y, dado que no podemos conocer ni percibir el universo “real” directamente, nuestra cabeza “real” aparece como más grande que el único universo que sí que conocemos y percibimos -nuestro universo percibido, dentro de nuestra cabeza percibida.

El lector puede encontrar algo de consuelo en que Bertrand Russell, quien inventó este mismo argumento, también inventó la clase matemática de todas las clases que “no se contienen a sí mismas”. Esa clase, como se puede notar, no se contiene a sí misma a menos que se contenga a sí misma. Del mismo modo, se contiene a sí misma si y solo si no se contiene a sí misma. ¿Lo coges?

Cuando no estaba ocupado en su cruzada por el racionalismo, la paz mundial, las buenas formas y otras ideas subversivas, Russell empleó mucho tiempo en la práctica, incluso más subversiva, de inventar este tipo de “monstruos” lógicos para atormentar a lógicos y matemáticos.

Volviendo a nuestras dos cabezas: Lord Russell nunca llevó esta broma, o esta visión profunda, más allá de ese punto. Con un poco de cavilación, sin embargo, el lector verá fácilmente que, habiendo analizado el asunto hasta aquí, ahora tenemos tres cabezas -la tercera que contiene el modelo que contiene el universo “real”, la cabeza “real” y la cabeza y universos percibidos. Y ahora que pensamos en ello, tenemos una cuarta cabeza…

Y así, ad infinitum. Para dar cuenta de la percepción de nuestra percepción -nuestra habilidad para percibir que percibimos- tenemos tres cabezas, y para dar cuenta de ello, cuatro cabezas, y para dar cuenta de nuestra habilidad para llevar adelante este análisis para siempre, tenemos infinitas cabezas…

Un modelo de conciencia que llega, muy rigurosamente y con precisión caso matemática en El universo en serie de J.W. Dunne, que utiliza el tiempo en lugar de la percepción como primer término, pero aún así llega a la misma conclusión que nosotros, si no con una infinita serie de cabezas, con una serie infinita de “mentes”.

Al igual que el profesor de zen, yo simplemente te he llevado a la puerta de la Ley y te la he cerrado de golpe en la cara. Pero espera. Podremos discernir “luz al final del túnel”. Si conseguimos abrir esa maldita puerta…

¿O quizás ya has encontrado lo que no encaja?

Si no, procedamos. Alfred Korzybski, mencionado aquí varias veces (y una fuerte influencia incluso cuando no se le menciona), sugirió que nuestra forma de pensar podría volverse más científica si utilizáramos métodos matemáticos más a menudo.

Pensando sobre esto un día, me surgió la siguiente analogía del argumento de Dunne sin utilizar siquiera sus dimensiones temporales infinitas:

Observo que tengo una mente. Haciendo caso de Korzybski, llamemos a esta mente observada mente1.

Pero observo que tengo una mente que puede observar a la mente1. Llamemos a esta mente auto-observante mente2.

La mente2 que observa a la mente1 puede por su parte convertirse en el objeto de observación (un poco de experiencia en la auto-observación budista confirmará esto experimentalmente). El observador de la mente2 requiere entonces su propio nombre, así que lo llamaremos mente3.

Y así… hasta el infinito, una vez más.

Por supuesto, habiendo mencionado el budismo, podría añadir justamente que el budista no acepta que “observo que tengo una mente”. El budista diría “observo que tengo tendencia a presuponer que tengo una mente”.

Pero eso, quizás, permitiría al felix domesticus escapar del saco, como diría Mr. Fields.

 Psicología cuántica. Robert Anton Wilson.

Traducción de Ka.  para Fragmentos de Textos Selectos

Psicología Cuántica IV – Nuestros yos y nuestros universos

•13 agosto, 2012 • Dejar un comentario

Para volver a exponer de nuevo nuestra mayor tesis con palabras diferentes, Incertidumbre, Indeterminación y Relatividad aparecen en la ciencia moderna por la misma razón que aparecen en la lógica moderna, el arte moderno, la literatura moderna, la filosofía moderna e incluso en la teología moderna. En este siglo, el sistema nervioso humano ha descubierto su propia creatividad, y sus propias limitaciones.

En lógica, por ejemplo, reconocemos ahora no sólo las proposiciones “sin sentido”, sino también “Extraños Bucles” (sistemas que contienen ocultos contradicciones en sí mismos), ambos cuales pueden infectar cualquier sistema lógico, como un virus invadiendo un ordenador -sin embargo estos “bugs” lógicos han persistido a menudo durante siglos sin ser descubiertos.

Las personas se han matado entre sí, en guerras masivas y acciones de guerrilla, durante muchos siglos, y aún se siguen matando en el presente, más allá de ideologías y religiones que, enunciadas como proposiciones, no aparecen como verdaderas ni falsas para los lógicos modernos -proposiciones sin sentido que parecen coherentes a los lingüísticamente ingenuos (por ejemplo, gran parte de este libro tratará de demostrar que cada frase que contenga la palabra, aparentemente inocente, “es” también contiene una falacia oculta. Esto se manifestará como un shock, o parecerá como una Loca Herejía para aquellos americanos que combaten contra las “demostraciones” de sus rivales y los actos de desobediencia civil sobre la cuestión de si un feto -o incluso un cigoto- “es” o “no es” un ser humano).

Por su parte, en el arte, Picasso y sus sucesores nos han mostrado que un trabajo de, digamos, escultura puede conmovernos profundamente incluso si tiene significados opuestos como un dibujo de dos caras. Hay un clásico de Picasso que me conmueve, por ejemplo, a pesar de que puedo verlo como la cabeza de un toro o como el asiento y el manillar de una bicicleta.

El Ulises de Joyce mutó la novela describiendo un día ordinario, no como una “realidad objetiva” en el sentido aristotélico, sino como un laberinto en el que cien narradores (o “voces narrativas”) reportan diferentes versiones de lo ocurrido. Diferentes túneles de realidad.

La filosofía y teología modernas han llegado a conclusiones tan resonantes como “No hay hechos, solamente interpretaciones” (Nietzsche) o “No hay Dios, y María es su madre” (Santayana) o incluso “Dios es un símbolo de Dios” (Tillich).

Todo esto resulta de nuestra nueva conciencia de nuestros “yos” como coautores de nuestros “universos”. Como dice el Dr. Roger Jones en La física como metáfora, “sea lo que sea lo que estamos describiendo, la mente humana no puede ser separada de sí misma”. A lo que quiera que miremos, debemos ver, en primer lugar, nuestro propio “archivador mental” – la estructura del software que nuestro cerebro utiliza para procesar y clasificar las impresiones.

Con “software” pretendo incluir nuestro idioma, hábitos lingüísticos y nuestra visión global del mundo mediante nuestra tribu o cultura -nuestras reglas del juego o prejuicios inconscientes– el tácito túnel de realidad que por sí mismo consiste en constructos lingüísticos y otros símbolos.

En la vida diaria, el software de la mayoría de los lectores de este libro consiste en categorías de idiomas indoeuropeos y gramática indoeuropea. En la ciencia avanzada, el software incluye ambas y además las categorías y estructuras de las matemáticas, pero tanto en los problemas del fregadero como en los de un reactor nuclear “vemos” a través de unas coordenadas simbólicas o semánticas, ya que las matemáticas, como el lenguaje, funcionan como un código que impone su propia estructura en los datos que describe.

El pintor “piensa” (cuando pinta) en formas y colores, el músico en frecuencias de sonido, etc. pero la mayoría de la actividad mental humana emplea palabras la mayor parte del tiempo, e incluso especialistas como el matemático, el pintor, el músico, etc. utilizan palabras para gran parte de su pensamiento.

Cualquier cosa que sepamos, o creamos saber, sobre nuestros “yos” y nuestros “universos”, no podemos comunicarla ni hacia dentro ni hacia fuera sin utilizar el lenguaje o el simbolismo -software cerebral. Para comprender este libro, el lector debe recordarse una y otra vez a sí misma (o mismo) que hasta en el pensamiento, e incluso en áreas especializadas como las matemáticas y el arte, empleamos algún tipo de simbología para “hablar cono nosotros mismos” o visualizar.

La única “cosa” (o proceso) exactamente igual al universo es el mismo universo. Cada descripción, o modelo, o teoría, u obra de arte, o mapa, o túnel de realidad, etc. siempre es un tanto menor que el universo, y por tanto incluye menos que el universo.

Lo que queda en nuestro continuum sensorial cuando no estamos ni hablando ni pensando permanece no-simbólico, no-verbal, no-matemático -inefable, como dicen los místicos. Se puede hablar poéticamente de esta forma no verbal de esta aprensión llamándola Caos, como Niezsche o el Vacío, como Buda; pero “Caos” y “el Vacío” no son más que palabras, y la propia experiencia sigue siendo tercamente no-verbal.

Llegados a ese punto, uno sólo puede decir correctamente, de acuerdo con Wittgenstein en su Tractatus Logico Philosphicus: “De lo que uno no puede hablar, debe permanecer callado”. Los maestros zen simplemente apuntan con su bastón o lo zarandean en el aire.

Cuando abandonamos lo no verbal, cuando volvemos a hablar o a pensar, por fuerza hacemos mapas o modelos simbólicos, los cuales, por definición, no pueden ser iguales, a todos los respectos, a los eventos espacio-temporales que representan. Esto parece tan obvio que, paradójicamente, nadie pensamos sobre ello y por tanto tendemos a olvidarlo. No obstante, un menú no sabe como una comida, un mapa de Nueva York no huele como Nueva York (gracias a Dios), y una pintura de un barco en aguas tempestuosas no contiene al capitán y la tripulación que tienen arreglárselas con barcos de verdad en tormentas reales.

Todos los tipos de mapas o modelos también muestran, al examinarlos, la personalidad o el “mobiliario mental” de su creador, y en menor grado, el de la sociedad y los sistemas lingüísticos del creador -el ambiente semántico.

Un marino experimentado reconocerá rápidamente la diferencia entre una pintura de un barco hecha por alguien que también ha trabajado de marino y una pintura muy parecida hecha por alguien que solamente ha leído sobre navegación.

A menuda, una novela u obra escrita en 1930, que podía parecer “brutalmente realista” por aquel entonces, ahora parece curiosa e “irreal” en su lugar, porque ya no vivimos en el ambiente semántico de hace 60 años. El Ulises de Joyce escapó de esta trampa al no tener ningún punto de vista en absoluto, en absoluto -su técnica de múltiples narradores da lugar a múltiples puntos de vista- así como los físicos post-Copenhague escapan de lo que llaman el “agnosticismo de modelos” no aceptando el modelo de nadie como igual al universo completo.

Consideremos un mapa que intente mosntrar, no “todo” el universo, sino algo menos ambicioso- Dublín al completo, en Irlanda. Obviamente, el mapa debería ocupar la misma cantidad de espacio que Dublín. También debería incluir como un trillón de partes en movimiento al menos -un millón y medio de humanos, el mismo número de ratas, unos cuantos millones de ratones, tal vez miles de millones de bichos, cientos de miles de millones de microbios, etc.

Para representar “todo” lo que hay en Dublín, este mapa debería dejar que sus partes móviles se moviesen durante al menos 2000 años, dado que una ciudad (no siempre llamada Dublín) ha estado junto al río Anna Liffey durante ese tiempo.

Este mapa aún no nos diría “todo” de Dublín, ni siquiera de esta época, hasta que que de algún modo incluyera todos los pensamientos y sentimientos de los humanos y otros habitantes de esa zona…

Llegados a este punto, el mapa resultaría mayormente inútil y enormemente irrelevante para un geólogo, al que le interesa conocer la química y la evolución de la roca y la tierra sobre la que se encuentra Dublín.

Hasta aquí para el mundo “externo”. ¿Qué tipo de mapa podría aproximarse a decirlo “todo” de ti?

 Psicología cuántica. Robert Anton Wilson.

Traducción de Ka.  para Fragmentos de Textos Selectos

Psicología Cuántica III – Dualidades Marido/Mujer y Onda/Partícula

•14 junio, 2012 • 1 comentario

Dicho sea de paso, no tengo ninguna cualificación académica para escribir sobre mecánica cuántica, pero esto no me ha impedido tratar el tema muy alegremente en cuatro libros anteriores.

Algunos lectores pueden preguntarse dónde conseguí mi chutzpah. Después de todo, la mayoría de los físicos afirman que los principios de la física cuántica contienen problemas (o paradojas) tan abstrusos y recónditos que se necesita una licenciatura universitaria en matemáticas avanzadas para comprender completamente el asunto. Empecé a dudar sobre ello después de que una novela mía, El gato de Schroedinger -el primero de mis libros en que trato sobre lógica cuántica exclusivamente- recibió una crítica muy favorable en New Scientist por parte de un físico (John Gribbin) que aseguraba que debía tener alguna licenciatura en física avanzada para haber escrito el libro. De hecho, no tengo ningún título de física (todo lo que tuve de física en la universidad consistió en mecánica de Newton, óptica, luz, electromagnetismo y un simple curso genérico sobre las ideas de la Relatividad y la Teoría Cuántica).

Si parezco comprender bastante bien la lógica cuántica, como otros físicos además del Dr. Gibbin han asegurado, esto resulta del hecho de que la psicología transaccional, el estudio de cómo procesa los datos el cerebro -un campo en el que sí que tengo cualificación académica- contiene exactamente las mismas rarezas que hace infame al universo cuántico. En realidad, podría incluso decir que el estudio de la ciencia cerebral prepara a uno para la teoría cuántica mejor que de lo que lo hace el estudio de la física clásica.

Esto puede que sorprenda a muchos, incluyendo aquellos físicos que aseveran que la incertidumbre cuántica sólo es aplicable al mundo subatómico, y que en los asuntos cotidianos “aún vivimos en un universo newtoniano”. Este libro se atreve a mostrar desacuerdo con esa sabiduría aceptada; Yo tomo exactamente la posición contraria. Mi esfuerzo aquí tratará de demostrar que los célebres “problemas” y “paradojas” y los enigmas filosóficos generales del mundo cuántico aparecen también en el día a día.

Por ejemplo, la ilustración del principio del capítulo uno -en la cual puede verse una mujer joven o una señora mayor- demuestra un descubrimiento fundamental de la psicología perceptiva. Este descubrimiento se enuncia de muchas formas distintas, en varios libros, pero el enunciado más simple y general, creo que dice algo así: la percepción no consiste en una recepción pasiva de señales sino en una interpretación activa de señales (o: la percepción no consiste en re-acciones pasivas sino en trans-acciones creativas y activas).

La misma ley aparece en la teoría cuántica, con palabras diferentes. Mayormente los físicos la enuncian como “el observador no puede ser dejado fuera de la descripción de la observación” (el Dr. John A. Wheeler va más allá y dice que el observador “crea” el universo de observación). Voy a intentar mostrar que la similitud de estos principios derivan de una similitud más profunda que une la mecánica cuántica y la neurociencia entre sí (y con ciertos aspectos de la filosofía oriental).

De manera parecida, parientes cercanos de monstruos cuánticos tales como el Ratón de Einstein, el Gato de Schroedinger y el Amigo de Wigner1 aparecen a cuenta de cómo identificas algo a lo largo de la habitación como un sofá y no como un hipopótamo. Demostraré e iré aclarando a medida que avancemos. Mientras tanto, como punto de referencia consideremos esto:

Los físicos están de acuerdo en que no podemos encontrar la “verdad absoluta” en el reino cuántico, sino que tenemos que contentarnos con probabilidades o “verdades estadísticas”. La Psicología Transaccional, la psicología de la percepción, también dice que no podemos encontrar la verdad absoluta en su campo de estudio (los datos sensibles) y reconoce únicamente posibilidades o (algunos lo dicen claramente) “apuestas”. El físico afirma que en muchos casos no podemos llamar de modo significativo al gato de Schroedinger “un gato muerto” sino solamente “probablemente muerto”, y el psicólogo transaccional dice que en muchos casos no podemos llamar a la Cosa en la Esquina “una silla” sino “probablemente una silla”. El simple juicio “o este/o el otro” -“muerto” o “vivo”, “una silla” o “no una silla”- se ha convertido, no en el único caso en lógica, sino en el caso extremo o limitante, y algunos dicen que es sólo un caso teórico (si te sientes confundido, no te preocupes. Examinaremos estos problemas en mayor detalle más adelante, y te sentirás más confuso).

En resumen, cuando la neurociencia moderna describe cómo nuestros cerebros operan en realidad, por fuerza se hace alusión al mismo tipo de paradojas y/o a la misma lógica estadística o multivariable que encontramos en el reino cuántico. Así pues, me atrevo a escribir sobre un campo que no es el mío propio porque, en muchos debates con físicos cuánticos, he encontrado el asunto totalmente isomorfo a mi propia especialidad, el estudio de cómo las percepciones y las ideas entran en nuestros cerebros.

Para el psicólogo transaccional, la mecánica cuántica tiene la misma fascinación (y el mismo parecido a la ciencia cerebral) que la criptozoología, la lepufología y los Sistemas de Desinformación, y todos estos campos, el científicamente formal y el extraño con mala fama, llevan consigo un distintivo familiar de parecidos entre unos y otros.

Quizás mejor si explico esto último. La criptozoología trata con (a) animales cuya existencia sigue sin haber sido probada ni refutada (por ejemplo, la serpientes gigantes que supuestamente viven en el Lago Ness, el Lago Champlain, etc; el Yeti; el Abominable Hombre de las Nueves del Himalaya, etc.) y (b) animales avistados en lugares donde no se los espera (el león de montaña de Surrey, Inglaterra; los canguros de Chicago; los cocodrilos de las alcantarillas de Nueva York, etc.). Aquellos que “saben” como juzgar dichos datos no están al tanto de la neurociencia; aquellos que más saben de neurociencia muestran el mayor agnosticismo sobre estos bichos y también tienen la mayor falta de voluntad de juzgarlos.

La lepufología concierne a los avistamientos de OVNIs en los que los conejos juegan un rol importante -y normalmente muy misterioso (algunos casos, tanto de criptozoología como de lepufología aparecen en mi libro, La Nueva Inquisición, 1987). De nuevo, aquellos que “saben” que la lepufología no puede aportar datos útiles normalmente no saben nada de neurociencia, en absoluto. Los casos en los que granjeros aseguran que unos OVNIs les robaron sus conejos constituyen una arena ideal en la que probar la Psicología Cuántica Transaccional contra las prematuras certidumbres de los Creyentes Dogmáticos y de los Negecionistas Dogmáticos.

Los Sistemas de Desinformación consisten en engaños elaborados, construidos por agencias de inteligencia tales como la CIA, la KGB o el MI5 de Inglaterra en los que en una historia de tapadera, al ser creada, incluye en ella un segundo engaño, disfrazado como “la verdad oculta” para cualquier rival sospechoso que consiga excavar bajo la superficie. Ya que los Sistemas de Desinformación se han multiplicado como las bacterias, cualquier psicólogo de la percepción que eche un vistazo a la política moderna reconocerá que la lógica cuántica, la teoría de la probabilidad y fuertes dosis de zeteticismo son las mejores herramientas a emplear para estimar si el presidente nos ha soltado alegremente otra gran mentira o ha dicho la verdad por una vez.

Después de todo, incluso aquellos que crean los Sistemas de Desinformación son tragados por los Sistemas de Desinformación concebidos por sus rivales. Como dijo una vez Henry Kissinger, “aquella persona que no esté paranoica en Washington, debe estar loca”.

Al tratar con la criptozoología, la lepufología, los Sistemas de Desinformación y la mecánica cuántica, al final uno siente como haber llegado a un sinsentido total, a un defecto básico en la mente humana (¿o en el Universo?) o a alguna fuga mental similar a la esquizofrenia o al solipsismo. Sin embargo, como hemos visto al principio y volveremos a ver una y otra vez, las percepciones ordinarias de la gente normal contienen tantas “rarezas” y misterio como todas estas ciencias ocultas juntas.

Así, trataré de mostrar que las leyes del mundo subatómico y las leyes de la “mente” humana (o sistema nervioso) son, de manera precisa, exquisita y elegante, análogas hasta los detalles más minuciosos. El estudiante de la percepción humana y de cómo la deducción deriva de la percepción, no se asustará en el, supuestamente aturdidor, área de la teoría cuántica. Vivimos en medio de la incertidumbre cuántica toda nuestra vida, pero normalmente logramos ignorarlo; el psicólogo transaccional no ha tenido más remedio que verse forzado a enfrentarse a ello directamente.

Este paralelismo entre la física y la psicología no debería ocasionar gran sorpresa. El sistema nervioso humano, después de todo -la “mente” en lenguaje precientífico- creó la ciencia moderna, incluyendo la física y la matemática cuántica. Uno debe esperarse encontrar el genio, y los defectos, de la mente humana en sus creaciones, como siempre se encuentra la autobiografía del artista en su obra.

Consideremos este simple paralelismo: un matrimonio van a un asesor matrimonial buscando ayuda. Él cuenta una historia acerca de sus problemas. Ella cuenta una historia completamente distinta. El asesor, si es bueno y sofisticado, no cree a ninguna de las partes al completo. En cualquier otro lugar en la misma ciudad, dos estudiantes de física repiten dos famosos experimentos. El primer experimento parece indicar que la luz viaja en forma de onda. El segundo parece indicar que la luz viaja en forma de partículas discretas. Los estudiantes, si son buenos y sofisticados, no creen en ninguno de los resultados. El psicólogo sabe que cada sistema nervioso crea su propio modelo del mundo, y los estudiantes de física de hoy saben que cada instrumento también crea su propio modelo del mundo. Tanto en psicología como en física hemos dejado atrás las nociones medievales aristotélicas de “realidad objetiva” y hemos entrado en un reino no-aristotélico, aunque en ambos campos permanecemos en la duda de qué nuevo paradigma sustituirá el paradigma aristotélico verdadero/falso de los siglos pasados.

La famosa ecuación de Claude Shannon de la información contenida en un mensaje, H, dice

H = –pi logepi

El lector al que le aterroricen las matemáticas (convencidos por profesores de incompetentes de que “yo no puedo comprender eso”) no hace falta que se asuste. ∑ significa simplemente “la suma de”. El símbolo pi nos dice qué sumaremos, nombrando a las distintas probabilidades (p1, p2… etc. hasta pn, donde n es igual al número de señales del mensaje) que podemos predecir de antemano que aparecerán a continuación. La función logarítmica lo que hace es mostrarnos que esta relación no acumula aditivamente sino logarítmicamente. Atención al signo negativo. La información en un mensaje es igual al negativo de las probabilidades que se pueden predecir que vendrán a continuación en cada paso. Cuanto más fácil sea predecir un mensaje, menos información contiene éste.

Norbert Weiner una vez simplificó el significado de esta ecuación diciendo que la buena poesía contiene más información que los discursos políticos. Nunca sabes que viene a continuación en un poema verdaderamente creativo, pero en un discurso de George Bush no solamente sabes que es lo próximo que va a decir, sino que probablemente podrías predecir el discurso completo antes de que incluso abra la boca.

Una película de Orson Welles contiene más información que una película normal porque Orson nunca dirigió una escena del modo que cualquier otro director lo haría.

Puesto que la información aumenta logarítmicamente, y no de manera aditiva, el índice de flujo de información ha crecido continuamente desde los albores de la historia. Por citar algunas estadísticas del economista francés George Anderla (bastante familiar para los lectores de mis libros) la cantidad de información se duplicó en los 1500 años entres Jesús y Leonardo, se duplicó de nuevo en los 250 años desde Leonardo hasta la muerte de Bach, se duplicó otra vez a comienzos de nuestro siglo, etc. y se duplicó en los siete años entre 1967 y 1973. El Dr. Jacques Vallee estimó recientemente que actualmente la información se duplica cada 18 meses.

Obviamente, cuánto más rápidamente procesamos la información, más ricos y complejos serán nuestros modelos -nuestros túneles de realidad.

La resistencia a la información nueva, sin embargo, tiene un fundamento neurológico muy fuerte en todos los animales, como indican los estudios de condicionamiento. La mayoría de los animales, incluso los primates más domesticados (los humanos) muestran una habilidad asombrosa para “ignorar” ciertos tipos de información -aquella que no “encaja” en su túnel de realidad condicionado. Generalmente a esto se le llama “conservadurismo” o “estupidez”, pero aparece en todas las partes del espectro político, y es aprendido en sociedades tales como el Ku Klux Klan.

Para el psicólogo transaccional, entonces, e incluso más para el psicólogo cuántico, algo tan absurdo como la lepufología contiene muchas pistas sobre como los humanos procesarán, o no, información nueva.

Por ejemplo, en la Flying Saucer Review, de noviembre de 1978, pág. 17, se encuentra el reportaje de un OVNI que robó todos los conejos del criadero de un granjero.

Verdadero o falso o lo que sea, este reportaje contiene información importante, porque la mayoría de nosotros nunca hemos oído hablar de OVNIs robando conejos. La señal tiene una impredecibilidad alta.

UFO Phenomena and B.S. editado por Haines, pág. 83: un encuentro cercano en el que el “piloto” de un OVNI era un conejo gigante.

El contenido de la información ha dado un salto cuántico ¿Dos historias de OVNIs y conejos?

Sin embargo la Red de Observación Mutua del Conejo de Pascua, MEBON en inglés (una escisión de la menos bizarra Red Mutua de OVNIs, o MUFON) tiene docenas de estas historias en sus archivos (también tienen, como se puede adivinar, un extraño sentido del humor).

Tómate esto como una encantadora banalidad o como un sinsentido siniestro, catalógalo como quieras de acuerdo con tu propio túnel de realidad, pero-

N DEL T: AQUÍ ACABA LA TRADUCCIÓN AL NO HABER ENCONTRADO UNA VERSIÓN DEL LIBRO QUE CONTENGA LA ÚLTIMA PÁGINA DEL CAPÍTULO

  1. El Ratón de Einstein se refiere al argumento de Einstein que dice que, de acuerdo con la teoría cuántica, el observador crea o parcialmente crea la observación, un ratón puede rehacer el universo simplemente mirándolo. Dado que esto parece absurdo, Einstein concluyó que la física cuántica contiene alguna falacia enorme aún por descubrir. El Gato de Schroedinger se refiere a la prueba de Schroedinger de que un gato puede existir en una condición matemática o eigenstate donde decir que está muerto y decir que está vivo tiene sentido y decir que está muerto y vivo a la vez también es coherente. El amigo de Wigner se refiere al apéndice de Wigner a Schroedinger, demostrando que incluso cuando el gato está definitivamente vivo o definitivamente muerto para un físico, permanece tanto muerto como vivo para otro físico localizado en cualquier otro lugar (por ejemplo, fuera del laboratorio).

Psicología cuántica. Robert Anton Wilson.

Traducción de Ka.  para Fragmentos de Textos Selectos

Psicología Cuántica II – El problema de la “Realidad Profunda”

•8 junio, 2012 • 16 comentarios

De acuerdo con el excelente libro del Dr. Nick Herbert, Realidad Cuántica, la mayoría de los físicos aceptan la “Interpretación de Copenhague” de la mecánica cuántica (más adelante examinaremos las ideas de los físicos que rechazan el Copenhaguismo y tienen otras visiones). De acuerdo con el Dr. Herbert, la perspectiva de Copenhague quiere decir que “no hay realidad profunda”.

Dado que pronto encontraremos motivos para evitar el “es”* de identidad, y otras formas de “es”, permitámonos reformularlo en un lenguaje más operativo -en un lenguaje que no asuma que podemos saber que cosas metafísicamente “son” o “no son” (sus “esencias” invisibles”), sino que únicamente podemos experimentar fenomenológicamente. La Interpretación de Copenhague significa entonces, no que no “hay” “realidad profunda”, sino que el método científico nunca podrá localizar o demostrar experimentalmente una “realidad profunda” que explica todas las otras “realidades” relativas (instrumentales).

El Dr. David Bohm, sin embargo, lo expresa de esta forma: “La visión de Copenhague niega que podamos hacer afirmaciones sobre la realidad”. Esto nos dice algo más que la formulación del Dr. Herbert, si se cavila un poco.

Ambos, el Dr. Herbert y el Dr. Bohm, rechazan el punto de vista de Copenhague. El Dr. Herber ha llamado incluso al Copenhaguismo “la Escuela de Física Científica Cristiana”. Como el Dr. Bohm, el Dr. Herbert -un buen amigo mío- cree que la física puede hacer aseveraciones sobre la realidad.

Estoy de acuerdo. Pero yo limito la “realidad” a aquello que los humanos o sus instrumentos pueden detectar, decodificar y transmitir. La “realdiad Profunda” se encuentra en otra zona enteramente distinta -el área de la filosofía y/o la “especulación”. De este modo, el Dr. Richar Feynman le dijo al Dr. Bohm acerca de su reciente libro, La Totalidad y el Orden Implicado, “Brillante libro de filosofía -pero ¿cuándo va a volver a escribir sobre física?”

Defenderé al Dr. Bohm (y al Dr. Herbert) más tarde. Por el momento, la realidad en este libro significa algo que los humanos pueden experimentar, y la “realidad profunda” quiere decir algo sobre lo cual lo único que podemos hacer es ruido**. La ciencia, como el existencialismo, trata con lo que los humanos podemos experimentar, y la “realidad profunda” pertenece a los filósofos preexistencialistas platónicos o aristotélicos.

Lo único que podemos hacer con la “realidad profunda” es ruido -no podemos hacer afirmaciones significativas (falsables) sobre ella- debido a que lo que hay fuera de la experiencia existencial cae fuera de la competencia del juicio humano. Ningún científico con su pizarra, ningún juez, ningún jurado y ninguna iglesia puede probar nada acerca de la “realidad profunda”, o ni siquiera refutar. No podemos demostrar que tenga o no temperatura, que tenga o no tenga masa, que incluya un Dios, muchos dioses o ningún dios, que huela a rojo o que suene a morado, etc. Podemos hacer ruido, para repetirnos de nuevo, pero no podemos producir datos no-verbales ni fenomenológicos para darle sentido a nuestros ruidos.

Este rechazo a hablar sobre la “realidad profunda” es análogo al Principio de Incertidumbre de Heisenberg, cuyo enunciado niega que podamos saber jamás el momento y la velocidad de una misma partícula al mismo tiempo. También es análogo a la Relatividad de Einstein, que dice que nunca podremos saber la “verdadera” longitud de una caña sino únicamente sus distintas longitudes -en plural- medidas por distintos instrumentos en varios sistemas inerciales por observadores que pueden compartir el mismo sistema inercial de la caña o pueden medirlo desde la perspectiva de otro sistema inercial (así como nunca podemos conocer el “verdadero” intervalo de tiempo entre dos eventos, sino solamente los diferentes tiempos -en plural- medido desde distintos sistemas inerciales). También es análogo a las demostraciones de Ames en psicología perceptiva, que mostraron que no percibimos la “realidad” sino que recibimos señales del ambiente, y las organizamos en suposiciones tan rápidamente que ni siquiera nos observamos a nosotros mismos haciendo suposiciones.

Tales “axiomas de impotencia”, como alguien los llamó alguna vez, no predicen el futuro en su sentido ordinario -sabemos que el futuro siempre nos sorprende. Las limitaciones de este tipo en ciencia significan simplemente que el método científico no puede, por definición, responder ciertas preguntas. Si quieres respuestas a esos tipos de preguntas, tienes que ir a un teólogo o a un ocultista, y las respuestas que obtendrás no satisfarán a aquellos que crean en otros teólogos u ocultistas, o a aquellos que no crean en ningún tipo de Oráculo.

Un ejemplo elemental: puedo darle a un físico, o a un químico, un libro de poemas. Tras estudiarlo, el científico puede presentarme un informe diciendo que el libro pesa X kilogramos, que mide Y centímetros de grosor, que ha sido impreso con tinta de cierta fórmula química y unido con pegamento con otra fórmula química, etc. Pero el estudio científico no puede responder a la pregunta “¿son buenos estos poemas?” (de hecho la ciencia no puede responder ninguna pregunta con las palabras “es” o “son”, pero no todos los científicos se percatan de eso aún).

Entonces, la afirmación de que no podemos encontrar (o demostrarle a otros) una “realidad profunda” (en singular) que explique todas las realidades relativas (en plural) medida por nuestros instrumentos –y por nuestro sistema nervioso, el instrumento que “lee” (interpreta) todos los demás instrumentos– no quiere decir lo mismo que la afirmación “no realidad profunda”. Nuestra incapacidad para encontrar una realidad profunda registra un hecho demostrable sobre el método científico y la neurología humana, mientras que la afirmación “no hay realidad profunda” ofrece una opinión metafísica sobre algo que no podemos probar científicamente o experimentar existencialmente.

Resumiendo, podemos conocer lo que nos dicen nuestros instrumentos y nuestros cerebros (pero no podemos saber si nuestros instrumentos y nuestros cerebros nos informan con precisión hasta que otros investigadores replican nuestro trabajo…).

Lo que nuestros instrumentos y cerebros nos dicen consiste en “realidades” relativas o perfiles de “realidades”. Un termómetro, por ejemplo, no mide longitud. Una cinta métrica no mide temperatura. Un voltímetro no nos dice nada sobre la presión ejercida por un gas, etc. Un poeta no registra el mismo espectro que un banquero. Un esquimal no percibe el mismo mundo que un

taxista de Nueva York, etc.

La noción de que podemos encontrar “una realidad profunda” subyacente a todas estas “realidades” instrumentales/neurológicas relativas descansa sobre ciertos axiomas acerca del universo y de la mente humana, que parecían obvios a nuestros ancestros, pero ahora parecen rotundamente falsa o -peor aún- “sin sentido”.

Mejor que explique el concepto de “sin sentido”. Para los científicos, especialmente para los de la persuasión de Copenhague, una idea parece sin sentido si no podemos imaginar una manera de probarla, al menos en la teoría. Por ejemplo, la mayoría de los científicos podrían clasificar de “sin sentido” las tres proposiciones siguientes:

      1. Los goskits framis distiman los doshes azules los jueves redondos.

      2. Todos los seres vivos contienen almas que no pueden ser vistas o medidas.

      3. Dios me dijo que no comieras carne.

Intentemos imaginar como uno podría probar, o refutar estas afirmaciones a nivel de experiencia o de experimento. Primero tienes que encontrar goskits, doshes azules, almas y “Dios”, y luego meterlos en el laboratorio; después tienes que figurarte cómo medirlos, detectar señales que provengan de ellos o, de algún modo, demostrar que al menos has cogido los goskits correctos, o el “Dios” correcto, etc.

Detente a pensar en ello. Ahora, con un poco de suerte, veremos por qué tales proposiciones parecen “sin sentido” comparadas a una afirmación como “el agua hierve a 45 grados Fahrenheit a nivel del mar en este planeta”, que fácilmente se presta a ser probada (y a la refutación) o “me siento como una mierda”, que probablemente contenga verdad para el hablante, pero siempre permanece problemática (pero no “sin sentido”) para los oyentes, quienes saben que el hablante ha descrito un sentimiento humano común, pero no saben si quiere decir lo que está diciendo o si tiene algún motivo para engañarles. “Me siento como una mierda” puede funcionar como lo que el Dr. Eric Berne llama un Juego de Pata de Palo -el intento de eludir una responsabilidad fingiendo incapacidad.

Consideremos otras ideas no falsables para las que al menos podamos imaginar una prueba, pero para la que en el presente no existe una tecnología que lo permita (“me siento como una mierda” podría caer dentro de esta categoría). Algunos se refieren a esta enigmática clase de proposiciones como “indeterminadas” más que propiamente “sin sentido”. Las siguientes afirmaciones se presentan como indeterminadas:

      1. La estrella de Barnard tiene uno o más planetas en su órbita.

      2. Homero eran en realidad dos poetas que escribían en colaboración.

      3. Los primeros colonizadores de Irlanda venían de África.

No podemos “ver” la estrella de Barnard tan claramente como para probar o refutar la primera aserción, pero probablemente la veremos lo suficientemente clara como para tomar una decisión después de que el telescopio espacial se ponga en órbita (desde la Tierra se pueden ver frecuentes oclusiones de la estrella de Barnard que han llevado a muchos astrónomos a sospechar que nuestra visión de ella queda bloqueada periódicamente por planetas orbitando, pero esta deducción sigue siendo una suposición hasta la fecha en que escribo esto). La gente puede tirarse discutiendo acerca de Homero para siempre, pero nadie probará su suposición hasta que ocurra algún avance en la tecnología (por ejemplo, que un análisis informático de la elección de palabras pueda determinar si un manuscrito tuvo uno o dos autores, o que inventemos una máquina del tiempo…). Algún día la arqueología puede que avance hasta el punto de identificar los primeros habitantes de Irlanda, pero por ahora solamente podemos inferir que quizás algunos vinieran de África.

Así pues, donde la lógica aristotélica asume tan sólo las dos clases “verdadero” y “falso”, la ciencia post-Copenhaguista tiende a asumir cuatro clases, aunque sólo el Dr. Anatole Rapoport lo ha dicho claramente – “verdadero”, “falso”, “indeterminado” (no falsable todavía) y “sin sentido” (no falsable nunca). Algunos positivistas lógicos también se refieren a afirmaciones “sin sentido” como “abusos del lenguaje”; Nietzsche simplemente las llamó “estafas”. Korzybski las describió como “ruidos”, un término que ya he tomado prestado.

Entre las proposiciones acerca del universo que subyacen la falacia de “una realidad profunda”, se puede mencionar el concepto del universo como cosa estática, donde la investigación actual parece indicar que concebirlo como un proceso activo encaja mejor con los datos. Una cosa estática o una entidad parecida a un bloque puede tener una “realidad profunda” pero un proceso tiene trayectorias cambiantes, evolución, “flujo” Bergsoniano, etc. Por ejemplo, si los primates tuvieran una “realidad profunda” o “esencia” aristotélica no podríamos distinguir a Shakespeare de un chimpancé.

(Nuestra incapacidad para distinguir a ciertos predicadores fundamentalistas de los chimpancés no contradice esto).

“Una realidad profunda” también implica la idea del universo como un asunto de dos caras hecho de “apariencias” y una “realidad subyacente”, como una máscara con una cara tras ella. La investigación moderna, sin embargo, indica una serie indefinida de apariencias en diferentes niveles de zoom instrumental y encuentra no una “sustancia” o “cosa” o “realidad profunda” que subyace a todas las diferentes apariencias que reportan distintos tipos de instrumentos. Por ejemplo, la filosofía tradicional y el sentido común asume que el héroe y el villano tienen diferentes “esencias”, como en los melodramas (el villano puede llevar la máscara de la virtud, pero sabemos que “es realmente” un villano); pero la ciencia moderna dibuja las cosas en flujo, y flujo en las cosas, de modo que el sólido se convierte en gas y el gas se vuelve a convertir en sólido, así como el héroe y el villano se difuminan y se vuelven ambiguos en la literatura moderna o en Shakespeare.

Un modelo, o realidad-túnel, nunca “lleva una corona”, por así decirlo, y se sienta en un esplendor de realeza sobre todos los demás. Cada modelo tiene sus propios usos en su área apropiada. “Un buen poema” no significa nada en ciencia, pero tiene muchos, muchos significados para los amantes de la poesía -un significado distinto, de hecho, para cada lector…

Resumiendo, “una realidad profunda” parece, bajo este prisma, tan absurda como “un instrumento correcto”, o la “única religión verdadera” medieval; y preferir, por decir algo, el modelo ondulatorio de la “materia” al modelo partícula parece tan estúpido como afirmar que el termómetro dice más acerca de la verdad que el barómetro.

Pauline Kael siempre odia las películas que a mí me gustan, pero esto no significa que uno de nosotros tenga un “detector de buenas películas” defectuoso. Simplemente quiere decir que vivimos en realidades émicas diferentes.

Quizás nos hayamos ido un poco más lejos de lo que al operativista estricto le gustaría. No hemos insinuado solamente que la “verdad física” no posee más “profundidad” intrínseca que la “verdad química”, o que la “verdad biológica”, o incluso la “verdad psiquiátrica”, y todas estas realidades émicas tienen sus usos en sus propios campos, sino que abrimos la posibilidad de que la “verdad existencial” o la “verdad fenomenológica” (las verdades de la experiencia) tienen tanta “profundidad” (y/o son tan “superficiales”) como cualquier verdad científica (o filosófica) organizada.

De este modo, los psicólogos radicales nos preguntan: ¿acaso la “realidad” de la esquizofrenia o la del arte no permanece “real” para aquellos que se encuentran en un estado esquizofrénico o artístico, no importa el sinsentido que parecen ser estos mismos estados para el no-esquizofrénico o para el no-artístico? Los antropólogos incluso preguntan: ¿acaso las realidades émicas de otras culturas no permanecen reales para aquellos que viven en esas culturas, no importa lo bizarras que puedan parecerle la jerarquía de Machos Blancos Geriátricos que define la “realidad oficial en nuestra cultura?

A finales del siglo dieciocho, la ciencia creía que el sol “era” una roca ardiente (ahora lo modelamos como un horno nuclear). William Blake, el poeta, negaba que el sol “fuera realmente” una roca y aseguraba que “era” una banda de ángeles cantando “Gloria, Gloria, Gloria al Señor Dios Todopoderoso”. La fenomenología dirá solamente que la visión científica parece útil a la ciencia, en cierta fecha, y que la visión poética parece útil a los poetas, o a algunos poetas. Este punto parece perfectamente claro si uno visiblemente evita el “es de identidad”, como yo acabo de hacer, pero abre un debate que gira en torno al Caos y el Sinsentido si uno lo reescribe como “el sol es una roca, o un horno, para la ciencia, pero también es una banda de ángeles para cierto tipo de poetas”. Intentad debatir esa formulación durante un rato y se entenderá por qué los físicos empezaron a parecer un poco locos cuando discutían “la materia son ondas, pero también son partículas” (antes de que Bohr les enseñara a decir “podemos modelar la materia como ondas o podemos modelarla como partículas, en diferentes contextos”).

Parece entonces, que desde ambos puntos de vista, el operativo y el existencial que las afirmaciones del “ser” no tienen sentido, especialmente si caen tipos como:

      1. La física es real; la poesía es un sinsentido.

      2. La psicología no es una ciencia verdadera.

      3. Sólo hay una realidad, y mi iglesia (cultura/campo científico/ideología política, etc) lo sabe todo sobre ella.

      4. Las personas que están en desacuerdo con este libro son una panda de gilipollas.

No obstante, parece que, a causa de que el sinsentido de todas las afirmaciones del “ser” no se reconoce generalmente, muchos físicos se confunden a sí mismos y a sus lectores diciendo “no hay realidad profunda” (o peor, “no hay tal cosa llamada realidad”. Vi esto último impreso, por un distinguido físico, pero por compasión no mencionaré su nombre).

Muy similar a esta confusión en la mecánica cuántica, los popularizadores de la psicología Transaccional -e, incluso más, los popularizadores de las filosofías orientales que recuerdan a la psicología Transaccional- a menudo nos dicen que “la Realidad no existe” o que “creas tu propia realidad”. Estas proposiciones no puede probarse, y no pueden refutarse tampoco -una objeción más seria hacia ellos que su falta de pruebas, ya que la ciencia ahora reconoce que las proposiciones irrefutables no tienen “significado” operativo o fenomenológico.

Así que, “pase lo que pase, a pesar de lo trágico y horrible que nos pueda parecer, ocurre para servir el bien supremo, o Dios no dejaría que ocurriera” -una idea muy popular, especialmente entre aquellos que soportan terribles penas- puede servir como función terapéutica para aquellos que se encuentran en un gran dolor emocional, pero también, desgraciadamente, contiene el clásico rasgo de pura habladuría vacía. Ninguna posible evidencia podría refutarlo, dado que la evidencia cae en la categoría de “cómo nos parecen las cosas”, y la afirmación rechaza dirigirse a esa categoría.

“Tú creas tu propia realidad” tiene el mismo carácter irrefutable y no falsable, y por tanto también entra en la clase de habladuría sin sentido, o en los “fantasmas” de Stirner (o en las “estafas” de Nietzsche o en los ruidos de Korzybski).

Lo que los popularizadores deberían decir, si su objetivo fuera la precisión,tomaría una forma más limitada y existencial. Tú creas tu propio modelo de realidad, o tú creas tu propia realidad-túnel (por tomar prestada una frase del brillante, si bien difamado, Dr. Timothy Leary) o (como dicen en sociología) creas tu propia visión de las “realidades” que encuentras. Cada una de estas formulaciones se refieren experiencias en el espacio-tiempo definidas y específicas, que fácilmente se confirman a sí mismas tanto en la demostración del día a día como en los experimentos controlados de percepción en laboratorio.

[…]

Así pues: el primer parecido entre la mecánica cuántica y el software cerebral -el primer paso en crear lo que me he atrevido a llamar Psicología Cuántica- se halla en reconocer el hecho de que el estudio tanto de la “materia” como de la “mente” nos lleva a cuestionar las nociones normales de “realidad”.

El segundo parecido se encuentra en el hecho de que dicho cuestionamiento puede degenerar fácilmente en un puro galimatías si no ponemos un especial cuidado en nuestras palabras (y, he aprendido que, incluso si si ponemos especial cuidado en nuestras palabras, algunas personas leerán de forma descuidada y aún se llevarán un mensaje repleto de los galimatías que hemos tratado de evitar).

Consideremos las dos siguientes proposiciones:

      1. Mi jefe es un borracho machista, y me pone enferma.

      2. Mi secretaria es una zorra llorica e incompetente, y no me queda más opción que despedirla.

Ambas representan procesos mentales que ocurren miles de veces al día en las empresas modernas.

Ambas también se muestran como “abusos del lenguaje” o como mero “ruido” de acuerdo con la actitud científica moderna presentada en este libro. Si imaginamos estas frases dichas en voz alta por personas en terapia, distintos tipos de psicólogos los “tratarían” de diferentes modos, pero los terapeutas Racional-Emotivos, siguiendo al Dr. Albert Ellos, forzarían al paciente a reformular las elocuciones de acuerdo con los mismos principios a los que se insta en este capítulo.

En ese caso, las afirmaciones serían, traducidas del aristotélico a existencial, como:

      1. Percibo a mi jefe como un borracho machista, y ahora mismo no percibo ni recuerdo (o percibiré ni recordaré) nada más sobre él, y enmarcar mi experiencia de este modo, ignorando otros factores, me hace sentir mal.

      2. Percibo a mi secretaria como una zorra llorica e incompetente, y ahora mismo no percibo ni recuerdo (o no percibiré ni recordaré) nada más sobre ella, y enmarcar mi experiencia de este modo, ignorando otros factores, me inclina a tomar la decisión de despedirla.

Esta reformulación puede que no resuelva todos los problemas entre jefes y secretarias, pero mueve los problemas fuera de la arena de la metafísica medieval a un territorio donde las personas pueden tomar responsabilidad de manera significativa de las elecciones que toman.

Psicología cuántica. Robert Anton Wilson.

Traducción de Ka.  para Fragmentos de Textos Selectos

* En inglés “hay” es “there is”. En una traducción literal sería “ahí es”. A este “es” se refiere Wilson (N. del T.)

** Por ruido, Wilson se refiere a interferencias, como las que ocurre entre aparatos electrónicos, o en la comunicación humana por malentendidos (N. del T.)

Psicología Cuántica I – Una parábola sobre una parábola

•8 junio, 2012 • 2 comentarios

Un joven americano, llamado Simon Moon, que estudia Zen en el Zendo (escuela de Zen) en New Old Lompoc House en Lompoc, California, cometió el error de leer El Proceso, de Franz Kafka. Esta siniestra novela, combinada con el entrenamiento Zen, fue demasiado para el pobre Simon. Se obsesionó, intelectual y emocionalmente, con la extraña parábola sobre la puerta de la Ley que Kafka inserta casi al final de su historia. Simon encontró tan inquietante la fábula de Kafka, que de hecho arruinó sus meditaciones, dispersó su juicio y lo distrajo de su estudio de los Sutras.

Algo resumida, la parábola de Kafka es como sigue:

Un hombre llega a la puerta de la Ley, con la intención de entrar. El guarda se niega a dejarle pasar por la puerta, pero dice que si espera lo suficiente, tal vez, algún día en un futuro incierto, logre ser admitido. El hombre espera y espera y va envejeciendo; intenta sobornar al guarda, el cual acepta su dinero pero sigue sin permitirle entrar; el hombre vende todas sus posesiones para conseguir dinero para más sobornos, los cuales acepta el guarda -pero aún no le deja entrar. El guarda siempre explica, cada vez que coge cada nuevo soborno “Sólo lo hago para que no abandones totalmente la esperanza”.

Finalmente, el hombre es viejo y enferma, y sabe que pronto morirá. En estos últimos momentos reúne la energía necesaria para formular una pregunta que lo ha mantenido perplejo a lo largo de los años. “Me han dicho”, dice al guarda, “que la Ley existe para todos. ¿Por qué ocurre entonces que, en todos los años que llevo esperando aquí sentado, nunca ha venido nadie más a la puerta de la Ley?”

“Esta puerta”, dice el guarda, “ha sido hecha exclusivamente para ti. Y ahora voy a cerrarla para siempre”. Y cierra de un portazo mientras el hombre fallece.

Cuanto más se obsesionaba Simon con esta alegoría, broma o rompecabezas, más sentía que nunca podría comprender el Zen hasta que primero comprendiese este cuento extraño. Si la puerta existía exclusivamente para aquel hombre, ¿por qué no podía entrar? Si los constructores pusieron a un guarda para mantener al hombre fuera, ¿por qué dejaban la puerta tentadoramente abierta? ¿Por qué el guarda cerró la puerta, previamente abierta, cuando el hombre se había hecho demasiado viejo para intentar precipitarse y pasar ante el guarda? ¿Tenía la doctrina budista del dharma (ley) algo en común con esta parábola?

¿La puerta de la Ley representaba la burocracia bizantina que existe virtualmente en todo gobierno moderno, con lo que la historia sería una sátira política tal como un burócrata menor como Kafka podía haber concebido en sus subversivas horas libres? ¿O la Ley representa a Dios, como algunos afirman? Y, en ese caso, ¿intentaba Kafka parodiar la religión? ¿O defender su divino Misterio indirectamente? ¿Acaso el guarda que aceptaba los sobornos pero no daba más que esperanzas vacías a cambio representaba al clero? ¿O al intelecto humano en general, siempre dándose un festín con las sombras de la ausencia de auténticas Respuestas Finales?

Finalmente, cerca de la crisis nerviosa debido a su pronunciado cansancio mental, Simon acudió a su roshi (profesor Zen) y le relató la historia de Kafka del hombre que esperaba ante la puerta de la Ley -la puerta que existía sólo para él pero que nunca le permitirían cruzar, y que fue cerrada cuando la muerte ya no le permitía entrar. “Por favor” suplicó Simon, “explíqueme esta Oscura Parábola”.

“Te la explicaré”, dijo el roshi, “si vienes conmigo a la sala de meditación”.

Simon siguió al profesor hasta la puerta de la sala de meditación. Al llegar el profesor entró rápidamente, se dio la vuelta y cerró de un portazo ante las narices de Simon.

En ese momento, Simon experimentó el Despertar.

Psicología cuántica. Robert Anton Wilson.

Traducción de Ka. para Fragmentos de Textos Selectos

 
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